Valentín Yankelevich tenía siete años cuando murió su mamá, Romina Yan. Lo que siguió a esa pérdida, según relató, estuvo marcado por situaciones de violencia física y psicológica por parte de su papá, Darío Giordano, que sufrió durante su infancia y que, durante años, no pudo contar públicamente. “Realmente era un infierno vivir en esa casa”, recordó al describir la vida que compartía con su hermano bajo el cuidado de su padre.
Quién es y qué fue de la vida de Darío Giordano, el viudo de Romina Yan que rehízo su vida lejos de las cámarasEn una entrevista con Tatiana Schapiro para Infobae, el joven de 23 años decidió contar por primera vez su historia y explicar por qué necesitó alejarse de su hogar para reconstruir su vida. También habló del rol fundamental de su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, quien lo escuchó cuando pidió ayuda y se convirtió en su principal apoyo. “Creo que llegó el momento de poder contar y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo”, expresó.
La muerte de Romina Yan y una infancia atravesada por la violencia
Romina Yan murió el 28 de septiembre de 2010, a los 36 años. Era hija de Cris Morena y Gustavo Yankelevich, y madre de tres hijos: Franco, Valentín y Azul, fruto de su relación con Darío Giordano. La noticia de su fallecimiento conmocionó al mundo del espectáculo argentino y dejó a sus hijos sin su mamá cuando todavía eran chicos.
Valentín tenía apenas siete años cuando recibió la noticia. En la entrevista recordó que su familia se reunió en su casa y que Giordano les explicó que su mamá había sufrido un accidente y no volvería. “Después de eso él nos dijo: ‘Yo me voy a encargar de cuidarlos, de protegerlos. Vamos a salir de esta todos juntos’”, relató.
Sin embargo, según su testimonio, con el paso del tiempo la situación familiar cambió de manera drástica. El joven contó que comenzó a sufrir agresiones cuando tenía nueve o diez años y que su hermano Franco también atravesaba situaciones de violencia. “Cuando uno creía que eso era tocar fondo y la tristeza máxima que se podía experimentar, llegaron situaciones que hoy, mirando para atrás, fueron mucho peores”, afirmó.
Al describir aquellos años, fue contundente: “Eran golpes, gritos, maltrato”. Y agregó que las horas que pasaba en el colegio se habían convertido en el mejor momento de su día porque le permitían permanecer lejos de su casa. “Las ocho horas que yo pasaba en el colegio eran las mejores ocho horas del día porque no volvía a mi casa. Yo sabía que volvía y se desataba el infierno”, recordó.
Los golpes, las humillaciones y el maltrato psicológico
En su relato, Valentín describió episodios de violencia física y situaciones cotidianas de humillación. Aseguró que lo agarraban de los pelos, lo llevaban por la escalera, le pegaban y lo dejaban encerrado en su habitación.
También recordó que, en algunas ocasiones, le llevaban la comida varias horas después, cuando ya estaba fría, y se la dejaban en el piso. “Traerme la comida cuatro horas después, fría, apoyarla en el piso, ‘tomá, comé’”, contó al enumerar algunas de las situaciones que, según explicó, formaban parte de su vida cotidiana.
Pero el daño no se limitaba a las agresiones físicas. Valentín también recordó las descalificaciones que recibía y cómo esas palabras afectaron su autoestima desde muy chico. “Yo sentía que no servía para nada, dicho por sus palabras: ‘Vos no vas a hacer nunca nada en tu vida, no servís para nada’”, relató.
Para el joven, el maltrato psicológico dejó marcas profundas. “Viendo en retrospectiva, mucho de ese daño psicológico a veces hiere más adentro que un golpe”, reflexionó.
En ese contexto, explicó que no consideraba que Darío Giordano hubiera cumplido el rol paterno que necesitaba. “No, yo no le digo papá porque él no cumplió ese rol”, sostuvo.
“¿Qué tengo que entender? Tengo 10 años y mi papá me caga a palos”
Uno de los momentos más duros de su testimonio fue el recuerdo de las primeras veces que intentó pedir ayuda. Valentín contó que él y su hermano hablaron con sus abuelos paternos para explicar lo que sucedía en su casa, pero que la respuesta que recibieron no fue la que esperaban.
Según relató, les dijeron que su padre estaba atravesando un mal momento y que debían tratar de entenderlo. La reacción de Valentín quedó resumida en una pregunta que todavía recuerda: “¿Qué tengo que entender? Tengo 10 años y mi papá me caga a palos”.
El joven explicó que esa falta de escucha profundizó la sensación de estar atrapado en una situación de la que no podía escapar. Además, sostuvo que hacia afuera se mostraba una realidad muy distinta de la que vivían puertas adentro.
“¿Quién nos defendía a nosotros si nadie creía? ¿Quién iba a creer que un padre le pegaba a los hijos, los maltrataba?”, se preguntó.
También recordó que asistía a una psicóloga y que intentaba contarle lo que sucedía en su hogar. Sin embargo, afirmó que esas conversaciones no siempre lo ayudaban a sentirse protegido. “Varias veces eso me ha traído más situaciones de violencia porque él sabía lo que yo hablaba con mi psicóloga”, aseguró. Y resumió aquella etapa con una frase: “No había lugar seguro. Por eso lo tuvimos que salir a buscar”.
Los pensamientos de muerte y la decisión de pedir ayuda
Durante la entrevista, Valentín también habló del deterioro emocional que atravesó durante su infancia. La violencia y la sensación de no encontrar una salida lo llevaron a tener pensamientos relacionados con la muerte. “Llegó un momento que realmente no tenía ganas de vivir, tuve muchos pensamientos con la muerte”, contó.
En medio de esa desesperación, recordó que llegó a pensar en reunirse con su mamá. “Hasta decía: ‘Voy con mi mamá, voy a estar mejor que acá’. No tiene sentido seguir así”, expresó.
El joven explicó que ese momento fue un punto de quiebre y que, junto con su hermano, comenzó a buscar una manera de abandonar la casa. La oportunidad llegó gracias a su abuelo Gustavo Yankelevich, quien acostumbraba a sacar a sus nietos del colegio para almorzar con ellos por separado. Durante esos encuentros, Valentín y Franco empezaron a contarle lo que sucedía.
“Nosotros le empezamos a pedir que no queríamos vivir más en esa casa, que queríamos vivir con él y nos escuchó. Él fue la primera persona que nos escuchó”, recordó.
El viernes en que decidieron denunciar la situación, los hermanos fueron a declarar después del colegio. Según el relato de Valentín, ese día comenzó un proceso judicial que se extendió durante varios años y terminó con la tenencia definitiva a cargo de su abuelo.
“Por favor, no nos manden de nuevo a mi casa. No podemos estar más ahí”, recordó que pidió durante la declaración.
“Mi abuelo Gustavo me salvó la vida”
El testimonio de Valentín también está atravesado por el reconocimiento a Gustavo Yankelevich, quien asumió el cuidado de él y de su hermano cuando ambos necesitaban salir de aquella situación.
El joven recordó que su abuelo les brindó contención y afecto en un momento en el que sentían que habían perdido no solo a su mamá, sino también la posibilidad de contar con una figura paterna. “Mi abuelo Gustavo me salvó la vida. Él me devolvió la vida”, afirmó.
Y explicó qué encontró en él: “Nos dio lo único que necesitábamos como dos nenes que habían perdido a su madre y, en este caso, a su padre porque, si vos me preguntás a mí, fue como perderlo... yo no tenía padre”.
Luego, sintetizó el papel que tuvo su abuelo durante su recuperación: “Nos dio lo único que necesitábamos, que era amor. Amor y contención. Nada más”.
Valentín también destacó el acompañamiento de su abuela materna, Cris Morena, durante ese período. Según contó, ella estuvo presente cuando él y su hermano se fueron a vivir con Gustavo.
Por qué decidió cambiarse el apellido
A los 18 años, Valentín tomó otra decisión importante: dejar el apellido Giordano y adoptar el de su familia materna. Según explicó, el cambio estuvo relacionado tanto con el dolor que le generaba su apellido anterior como con el deseo de mantener presente a su mamá y reconocer el lugar que había ocupado su abuelo en su vida. “Del día uno quería cambiarme el apellido. Me hacía mal”, contó.
También explicó que la decisión representaba una forma de devolverle a Romina parte del amor que había recibido de ella y de honrar a Gustavo, a quien considera su verdadero padre.
“Decidí cambiarme el apellido. Y fue una gran decisión también en honor a mi abuelo, mi verdadero padre”, expresó.
Actualmente, Valentín se desempeña como piloto de Turismo Carretera 2000. En la entrevista habló de su pasión por el automovilismo, de su relación con su familia y de cómo logró construir una vida diferente después de los episodios que relató.
Al mirar hacia atrás, reconoció que la recuperación no fue sencilla y que necesitó tiempo y acompañamiento terapéutico para procesar lo vivido.
El mensaje de Valentín Yankelevich para otros chicos
Al explicar por qué decidió hacer público su testimonio, Valentín señaló que quería dejar de cargar en silencio con una historia que lo acompañó durante muchos años. También expresó su deseo de que lo que contó pueda ayudar a otros chicos que atraviesan situaciones de violencia.
“Alguien los va a escuchar siempre. Y si la primera persona no te escucha, vas a otra. Y si esa no te escucha, así hasta que alguien te escuche”, sostuvo.
A los adultos les dejó un pedido concreto: “Que escuchen a los niños, porque los niños te dicen la verdad, te cuentan lo que les está pasando”.
En el cierre, recordó cuánto cambió su vida desde aquellos años en los que sentía que no quería seguir viviendo hasta el presente, en el que asegura haber recuperado la felicidad.“De ese nene que no quería vivir a donde estoy hoy, con tener ganas de vivir ya es una victoria, imaginate”, reflexionó.